lunes, 27 de abril de 2009

EL FABRICANTE DE LUNES

Mi padre era odiado por todos nuestros vecinos. Le despreciaban, le negaban el saludo, dirigían contra él sus miradas furibundas y era el blanco aborrecible de los tirachinas de los niños. Era “fabricante de lunes” y pasaba el tiempo encerrado en su pequeño taller, de martes a domingo, cosiendo minutos y horas que arrojaba al hirviente caldero. Añadía uno o dos atascos, un madrugón, los gritos de un jefe furioso y una pizca de pereza. Removía incansable la mezcla, y unos momentos antes de acabarse el fin de semana, un nuevo lunes estaba ya listo. A pesar de los comentarios dañinos de la gente y de la ausencia absoluta de vida social que su actividad le acarreaba, él adoraba su trabajo y disfrutaba inmensamente componiendo con paciencia y mimo el primer día laborable de cada semana del calendario.
Un día le pregunté cuál era motivo por el que amaba tanto su trabajo, si ello le suponía tantos otros inconvenientes, y levantándose triunfante de su viejo taburete de madera junto al fuego, mi padre me contestó:

—¡Porque así no he de trabajar el lunes, hijo mío! Es un día detestable...
Microrrelato ganador del II Premio Algazara de la Editorial Hipálage

viernes, 24 de abril de 2009

Sábado de Mercedes- Relato erótico

UNA MAÑANA MÁS

Se respira un silencio denso y extraño en el interior del abarrotado ascensor. El gentío, soñoliento y apelmazado, me aproxima poco a poco a ti; me van empujando lentamente y apremian a mi cabello para que roce con timidez la fornida curva de tu hombro. Me dejo hacer; no opongo resistencia. Inspiro, y a pesar de la variedad de perfumes que se mezclan en el reducido habitáculo, percibo únicamente el tuyo, cautivador, sazonado y viril. Acaricia mi nariz, halagando todos mis instintos, hasta los más íntimos, aquellos más ocultos, y asciende pausadamente hasta que, por fin, explota dentro de mi cerebro. ¡Bum! Y es entonces cuando mi vista y mi juicio se nublan, y el vello de mi cuerpo cobra vida, incluso en lugares recónditos, ahora palpitantes y húmedos. Mis labios sedientos y ansiosos se entreabren y se dejan humedecer, durante un instante sólo, por mi lengua, juguetona y mimosa, ávida del licor de tu aroma.

Nos detenemos, en la quinta planta, y luego en la sexta, y en la séptima… pero yo permanezco inmóvil, adherida sin remedio a la cercanía de tu cuerpo atlético. Mi brazo, en contacto sutil con el tuyo, tiembla al sentir la fragilidad de este roce delicado entre dos pieles desconocidas, creando un campo magnético que doblega ante ti mi voluntad de este modo irremediable. Y de pronto la siento, sí: tu mano robusta y firme se asienta sobre el tacto de seda de mi vestido y tantea sin pudor la curva suave de la orilla derecha de mi cintura. Todo mi ser vibra embriagado; soy consciente de cada uno de tus dedos, irradiando sobre mi piel una energía candente que llega casi a hacerme daño. Tu aliento se derrama cálido junto a mi oído y los pétalos de tu voz se abren, en un susurro, florecido sólo para mí: “Disculpe, ¿me permite…?” Sonrío, turbada, sin valor para mirarte siquiera, y haciéndome a un lado murmuro: “Por supuesto…”, mientras apoyo mi espalda, aún temblorosa, contra la pared del ascensor y veo cómo te alejas con paso rotundo y firme, una mañana más, pasillo adelante.

viernes, 17 de abril de 2009

SÁBADO DE MERCEDES


Aquí dejo mi pequeña aportación para este "Sábado de Mercedes", en el que había que escribir un texto haciendo una Unión fantástica entre las palabras: "bronce", "contrapeso", "ojos", "abuelo", "cinco".

Fantástica, lo que se dice fantástica, no creo que sea, pero espero que os guste.


El BUSTO

Cuando mi abuelo murió, la abuela, cumpliendo la última de sus voluntades, encargó a un conocido artesano del lugar la fabricación, a tamaño natural, de un busto de bronce de su difunto esposo. Cinco semanas le llevó al artesano terminar su obra, que resultó pesar más de quince kilos. Y así, la enorme cabeza de mi querido abuelo, sonriendo levemente, con los ojos entornados, fue colocada sobre la repisa de la chimenea del salón, en el punto exacto donde él lo había dispuesto: en la esquina izquierda, justo encima de su butaca favorita y su lámpara de leer.

Debido al peso, un día la estructura de ladrillo de la vieja chimenea comenzó a resentirse, y apareció una pequeña grieta que crecía extendiéndose desde la parte superior hacia del techo. Aunque no quisimos decirle nada a la abuela, ella misma se percató de la presencia de la fisura, miró el busto de abuelo, suspiró, puso los ojos en blanco y exclamó meneando la cabeza con resignación:

–Demasiada carga. Necesitamos otro busto para que haga de contrapeso.

Mi madre y yo nos miramos en silencio y lo supimos: había llegado el momento de encargar otro busto, el de la abuela, quien jamás había osado contrariar a su marido, y que ya no volvió a despertar a la mañana siguiente.

miércoles, 15 de abril de 2009

UNA PARTICIPACIÓN MUY ESPECIAL


Hoy cuelgo en mi blog el texto que ha escrito mi amigo Germán Vayón para mi Propuesta Literaria. Él no dispone de blog propio, pero ha tenido el detalle de escribir este relato para que yo lo cuelgue por él. Es muuuy modesto y sé que no le hace mucha gracia que le nombre aquí, pero he de decir, que es un ESCRITOR con letras mayúsculas y que me encanta perderme entre las líneas de sus historias. Espero que disfrutéis mucho de su relato.


RECICLAJE

Germán Vayón

Ya desde la esquina, a pesar de la profunda oscuridad reinante en la calle desierta, sin farolas, Tomás distinguió a lo lejos un brillante resplandor dorado. Caminó hacia él, cauteloso, escuchando únicamente el repiqueteo de las gastadas suelas de sus zapatos sobre el húmedo adoquinado de la acera. El frío de aquella noche invernal se colaba por los agujeros de su raído abrigo de paño y, por un momento, tuvo la tentación de darse media vuelta y volver al callejón con los demás mendigos a calentarse junto a las amables llamas de la fogata común. Pero algo dentro de sí mismo parecía empujarlo hacia aquel brillo de oro. Cuando faltaban sólo unos metros se detuvo para contemplar desde cierta distancia las majestuosas formas de las letras de aquel cartel que ocupaba todo el lateral de un flamante vehículo de lujo del tamaño de un autobús. Impresionado, y no sin cierto temor, se fue acercando poco a poco y, cuando sus sucios dedos iban a tocar la chapa, una puerta se abrió y un hombre de mediana edad, con sonrisa de vendedor, lo invitó a pasar con un elegante gesto.

–Lo estábamos esperando –le dijo con una voz que a Tomás le recordó la de los locutores de radio de cuando era niño: recia, dura, varonil, sin dejar de ser dulce a la vez.

Tomás había sobrevivido usando la armadura del que todo lo ha perdido y está en la calle a merced de los elementos y de sus semejantes: la desconfianza, pero la luz que emanaba de esa puerta abierta, el calor que del interior parecía proceder y la mano en el hombro del hombre de la imperecedera y cálida sonrisa, pudieron más que sus reticencias y pasó al interior.

–Póngase cómodo –le indicó mientras le señalaba un sillón de confortable aspecto.

Tomás se sentó, no sin cierta torpeza de desacostumbrado, mientras un calor maravilloso se apoderaba de su cuerpo y recorría con los ojos aquel espacio elegante, impoluto, bañado por una luz anaranjada.

–¿Le apetece un coñac?

Tomás negó con la cabeza.

–¿Tal vez un café?

Y ante un gesto de indiferencia, el hombre manipuló en un mueble que tenía a su lado y, en unos instantes, le ofreció una taza de porcelana humeante.

–Sírvase usted mismo el azúcar.

Tomás hizo un gesto hosco y se llevó la taza a los labios, pensando en cuánto hacía que no tomaba algo caliente. Inspiró varias veces, para que el aroma del café, que parecía del bueno, le llenara los pulmones y le hiciera recordar los años en los que él se tomaba algo de calidad en un sitio cómodo y elegante, donde se estaba tan calentito como aquí.

–Mi nombre es Federico, Federico Iglesias y trabajo para OMNICES, una empresa de servicios asistenciales con años de experiencia y calidad certificada ISO9002, cosa que muy pocas pueden decir.

Tomás disfrutaba de cada sorbo de café con los ojos entrecerrados y una sensación de bienestar que ya no recordaba inundaba su cuerpo.

–Trabajamos para un programa piloto que ha puesto en marcha la Unión Europea y que tiene como fin el recuperar para la sociedad a las personas que, por una u otra causa, están en situación de exclusión social.

Tomás, no sin cierta timidez, le alargó la taza y miró detenidamente al hombre, que se la llenó de nuevo.

–Pero no se engañe, nosotros no hacemos caridad. Somos profesionales y vivimos de las subvenciones. Tenemos inspecciones y auditorías y nuestro lema es: “No lo hagas bien si lo puedes hacer perfecto”. ¿Qué le parece?

–Que está bueno este café –contestó Tomás con su profunda voz de bajo.

–Me refiero al proyecto...

–Ah, no sé –dijo Tomás–, yo de eso no entiendo, yo sólo me preocupo de la marcha del IBEX35.

El hombre rió y Tomás, que empezaba a sentir un delicioso sopor, dio un trago largo a su taza.

–¡No hay nada como el buen humor...! –dijo el hombre– ¿Cómo se llama usted?

–Tomás –contestó el mendigo–. ¿Le queda más café?

El hombre volvió a llenarle la taza mientras lo miraba con afecto.

–Bien, Tomás, le confesaré que es usted la primera persona que contactamos, ¿quiere acogerse al programa?

El vagabundo echó un vistazo a las estanterías, repletas de libros que parecían de adorno: una Biblia, una Divina Comedia, una Anatomía de Gray, un Quijote, un libro sobre el Modernismo, algunas obras de Shakespeare, un manual de jardinería, varios libros de recetas, ...
El hombre esperaba, con su sempiterna sonrisa, que parecía quirúrgicamente implantada en su rostro.

–No tiene que tomar una decisión definitiva, siempre podrá abandonarlo cuando quiera, aunque –añadió con un guiño cómplice– cuando acabemos con usted no nos dejará por nada del mundo...

–¿A quién hay que matar? –preguntó Tomás burlón.

–¡Pero qué hombre este! –dijo Federico entre risas– Me gusta la gente con humor, nos vamos a llevar muy bien usted y yo.

–Es que aún no conozco a nadie que dé algo por nada –dijo Tomás repentinamente serio.

–Ya se lo he dicho, esto es un proyecto de la Unión Europea, nosotros no regalamos nada. Es un plan ambicioso, costosísimo –dijo el hombre señalando a su alrededor–, pero merece la pena. ¿A qué se dedicaba usted antes?

–¿Antes de qué? –preguntó Tomás un poco irritado.

–Antes..., ya sabe, antes de andar así...

–Ah, pensé que iba a decir: “antes de haber caído en desgracia”, que me hace mucha gracia eso...

–Oiga, Tomás...

–Trabajaba en un banco. Ya sabe, esas instituciones que no es delito robarlas, sino fundarlas –dijo Tomás soltando la taza sobre una mesa.

–¿Y qué le pasó? Vamos, no tiene que hablar de ello si no quiere..., pero yo estoy aquí para escucharlo, conmigo puede sincerarse, tenemos un código deontológico muy estricto.

Tomás lo miró a los ojos como si quisiera leer en ellos y luego bajó la vista y la centró en sus destrozados zapatos.

–Es una historia muy larga que prefiero no recordar.

–No se preocupé, Tomás, lo entiendo perfectamente. Ya habrá ocasión en otro momento si se siente usted con ganas. Ahora le prepararé el baño e iré a buscarle un pijama... ¿Talla 42?

Tomás se lo quedó mirando algo sorprendido.

–Usted se baña y se viste decentemente mientras yo voy preparando la cena. Hoy va a dormir como los ángeles –dijo Federico ensanchando aún más su sonrisa mientras le indicaba el camino con un amable gesto.

Tomás no recordaba nada igual: una bañera grande, llena de agua caliente, con espuma abundante y todos los útiles de higiene y aseo que ya ni recordaba. En un armarito, junto a un esponjoso albornoz inmaculado, Federico había dejado un pijama azul de franela, ropa interior aún metida en sus fundas de plástico y unas zapatillas de paño oscuras de esas de pelito largo y sedoso. El mendigo se bañó, se afeitó, se arregló las uñas, se lavó cuidadosamente los dientes, se untó cremas y lociones y una vez vestido y bien peinado, se dirigió hacia donde estaba Federico quien, sentado ante una mesa bien provista, lo contemplaba con su eterna sonrisa.

–Tercera etapa: la acogida –susurró, mientras le mostraba a Tomás la botella de tinto que se disponía a descorchar–. Un reserva, como ve, no reparamos en gastos.

Tomás se sentó mientras su anfitrión le servía con gesto experto.

La comida transcurrió en silencio, sin que el hombre perdiera detalle de los modales del mendigo, que denotaban una buena crianza que el tiempo pasado en la calle no podía enmascarar.

–¿Tiene usted familia?

Tomás se lo quedó mirando, depositó con cuidado el cuchillo y el tenedor en el plato y apuró la copa de vino. Luego se pasó la servilleta por los labios y esbozó un gesto triste.

–Tenía un hermano.

–Cuanto lo siento..., ¿falleció?

–No se preocupó por mí cuando me trataron peor que a un perro. Por mí como si estuviera muerto.

–¿Nadie más?

–Nadie. Mi mundo quedó atrás hace ya tres años. Me vine a la otra punta del país para olvidar a esos que decían ser mis amigos. No quiero saber nada de ellos.

–Si usted quiere, nosotros... Es parte del programa el intentar...

–No me interesa esa parte del programa –dijo Tomás rotundo y algo crispado.

–Muy bien, no insistiré. Venga conmigo, le enseñaré su cama. Mañana haremos las pruebas médicas, luego iremos de compras y empezaremos a ocuparnos de su futuro.

Federico acompañó a Tomás hasta una cama estrecha, con un mullido edredón y sábanas que olían a nuevo.

–Que descanse usted.

–Buenas noches.

–Buenas noches, Tomás.

Poco después de las nueve del día siguiente, en la ambulancia que trasladaba a Tomás a un centro médico, comenzaron las pruebas, que se prolongaron casi hasta el mediodía. Cuando terminaron, se presentó Federico en la habitación y le dejó unas bolsas con ropa nueva, zapatos y un abrigo de corte algo anticuado pero buen paño. Fueron a comer, pasearon, estuvieron en el cine y cenaron en un restaurante habilitado en una antigua estación. Para cuando llegaron a dormir al autobús, tras haber tomado unas copas en un par de locales nocturnos, había crecido entre ellos un germen de amistad que parecía imposible sólo un día antes.

Varios días después, cuando Tomás, recién levantado, se dirigió en busca de su café matutino, se encontró a Federico abriendo sobres con un abrecartas con aspecto de bisturí.

–Los informes médicos. Estás más sano que una cesta de peras. Parece que en estos últimos tres años ni siquiera te has resfriado.

–Así es –dijo Tomás, quien tomó los informes y los fue leyendo mientras Federico le preparaba el café.

Tras servirlo, sacó un portátil y comenzó a teclear a toda velocidad, levantando de vez en cuando la cabeza para observar a un Tomás absorto con el desayuno y la lectura. Terminaron casi a la vez.

–¿Cómo eran las fases esas que me dijiste? –preguntó Tomás mientras le devolvía los papeles.

Federico puso cara de no entender, pero al instante reaccionó.

–La primera “el encuentro”; la segunda “recepción”; “acogida” la tercera...

–¿Por cuál vamos? –lo interrumpió Tomás.

–Pues..., empezando la cuarta: “bienvenida”.

–Bienvenida... –dijo Tomás–. A una nueva vida...

–A la que antes tenías... Y la siguiente, y última, “integración”. Ahí acaba nuestro trabajo.

–Ajá. Y una cosa, Fede, ¿tienes conexión a Internet? –preguntó Tomás con la mejor de sus sonrisas.

–Claro que sí.

–Pues déjame el ordenador, anda, que quiero ver cómo va el mundo...

Federico dudó un instante, durante el cual perdió su sonrisa, pero fue algo fugaz, como el trueno que rompe la paz de una hermosa tarde de verano.

–¿Sabrás manejarlo?

–De algo me acuerdo...

–Bien –dijo Federico no muy convencido–, aquí te lo dejo. Voy a hacer unas gestiones. Estaré aquí para la hora de comer.

A su vuelta encontró una hoja encima de la mesa. Miró la firma:

“Tomás”, en mayúsculas. Se sentó con un mal presentimiento y comenzó a leer: «Tengo una deuda contigo, Federico, y es la de contarte qué causó mi ruina. Y tal vez te sorprenda el saber que fue una habilidad..., al servicio de la ambición, eso sí. Me utilizaron, y yo saqué provecho de ello, pero cuando se descubrió el asunto todos los dedos me señalaron a mí, ejecutor físico y material, sin pruebas para inculpar a mis jefes. Lo perdí todo y, sólo con mucha suerte, eludí la cárcel.

Ya ves, por listo... Igual si me hubieras conocido antes me habrías propuesto para esta empresa tuya en la que no hay que hacerlo bien si puede hacerse perfecto, que no deja de ser un lema... Porque dicen que lo bueno es enemigo de lo perfecto, o algo así, no me hagas mucho caso... Y debe ser que yo sigo siendo bueno y por eso ya no me verás más.
Y digo que lo soy porque he descubierto que me engañaste con el último nombre de las fases esas... Y es que no es “integración”... No, Federico, mentiste muy mal. Tú sabes que podría llamarse “reciclaje” u otro nombre más feo que luego te diré. Pero tu error no deja de ser humano, porque cuando alguien mira a un mendigo, sólo ve una piltrafa humana y no se imagina lo que muchos de ellos han hecho en su vida y son capaces de hacer si lo exigen las circunstancias. Y es precisamente mi caso: trabajé como hacker para mi banco y no he perdido mis conocimientos. Por eso fue un juego de niños leer tus correos y confirmar lo que ya sospechaba, que la última fase es “el despiece”: varón, raza blanca, cuarenta y cinco años, sin familia, perfecta salud, 100% aprovechable...

Cuando acabes de leer esto supongo que la policía estará llamando a tu puerta. Que tengas un buen día, Federico.»

domingo, 12 de abril de 2009

PROPUESTA CREATIVA

¡Hola!

Siento muchísimo haber tardado más de lo debido en colgar los enlaces de los blogs participantes en esta propuesta, pero precisamente hoy tuve más trabajo de lo habitual y no me pude escapar ni un instante. Lo lamento.

Bueno: muchas gracias por haber aceptado mi pequeño reto y haber participado en esta Propuesta Literaria. Personalmente yo estoy disfrutando mucho leyendo todos los relatos.
El mío, lo tenéis más abajo. Se titula "El trato". Espero que siga vniendo mucha gente a leerlo.

Los blogs de las personas que han participado son (espero no haberme dejado a nadie):

EL TRATO

Ya desde la esquina, a pesar de la profunda oscuridad reinante en la calle desierta, sin farolas, Tomás distinguió a lo lejos un brillante resplandor dorado. Caminó hacia él, cauteloso, escuchando únicamente el repiqueteo de las suelas gastadas de sus zapatos sobre el húmedo adoquinado de la acera. El frío de aquella noche invernal se colaba por los agujeros de su raído abrigo de paño y, por un momento, tuvo la tentación de darse media vuelta y volver al callejón con los demás mendigos, a calentarse junto a las amables llamas de la fogata común. Pero algo dentro de sí mismo parecía empujarlo hacia aquel brillo de oro. Cuando faltaban sólo unos metros, se detuvo para contemplar desde cierta distancia las majestuosas formas de las letras de aquel cartel. "Bazar del Tiempo", leyó para sí. Todo estaba desierto y sólo podía escucharse el maullido chillón de los gatos en celo y, muy lejos, la risa escandalosa de alguna meretriz en compañía. Nadie podía verlo. Se acercó a la puerta del local y la empujó, decidido. Ésta se abrió suavemente y el tintineo de la campanita que colgaba sobre el dintel le dio la bienvenida a aquella tela de araña de la que ya, sin saberlo, no podría escapar.

Tomás trató de acomodar sus ojos a aquella densa penumbra en la que, de pronto, se encontró envuelto, y sus oídos, al incesante tic-tac de los cientos de relojes repartidos por toda la estancia, en cada rincón, en el interior de vitrinas, sobre estanterías o colgando de las paredes. El bazar era pequeño, apenas tres metros cuadrados, con un mostrador caoba de madera labrada, y tras él, una cortinilla grisácea delante de lo que, probablemente, era el acceso a la trastienda. Antes de que tuviera tiempo de preguntarse qué estaba haciendo allí, una mano huesuda y arrugada apartó lentamente la cortina. Un individuo alto y delgado en extremo apareció al otro lado. Vestía una brillante capa negra sobre un elegante traje rayado. Llevaba su oscuro cabello engominado hacia atrás, haciendo bien visible su rostro enjuto, anguloso, casi cadavérico, una frente amplia y reluciente y unos inquietantes ojos vacíos, sin asomo de expresión.

-Buenas noches, Tomás –exclamó el hombre, clavando en él su mirada, como si quisiera introducirse en el interior de su cráneo atravesándole los globos oculares.

Tomás tuvo un mal presentimiento e instintivamente dio un paso hacia atrás, tratando de buscar a tientas, tras de sí, la manija de la puerta. En su interior, algo le decía que no debía darle la espalda a aquel hombre.

-¿Le… conozco? -logró articular.

-Lo cierto es que no, aunque esperaba tu visita.

-No comprendo…-sus manos sólo lograron palpar el espeso aire que invadía el local.

-Todos terminan viniendo. Es cuestión de… tiempo –el individuo paladeó, saboreando la última palabra y el sonido incesante e hipnótico de los relojes se acentuó durante unos instantes.

-Disculpe, pero sigo sin comprenderle y no creo que…

-Basta -el hombre de la capa alzó la voz y clavó sobre el mostrador sus uñas blanquecinas y puntiagudas. Sus ojos parecieron cobrar vida y brillaron con rabia-. Has entrado en mi Bazar del Tiempo y ahora tienes la oportunidad de hacer un trato conmigo. Un trato que te cambiará para siempre.

-¿Un trato? ¿Qué tipo de trato?

-El mejor que pueda existir. El más codiciado. Te ofrezco la posibilidad de comprar lo más valioso que tenéis los seres humanos -Tomás tembló inconscientemente- Tiempo.

Las palabras de aquel hombre le atemorizaban, y a la vez, le mantenían intrigado.

-¿Comprar tiempo?

-Exacto. Tiempo. Aquel durante el cual tomaste el camino equivocado. Te ofrezco, amigo mío, la posibilidad de volver al momento preciso de tu vida en el que todo marchaba bien, justo antes de que erraras al elegir tu camino.

-¿Volver?… ¿Volver a mi vida anterior? Pero… eso no es posible…

-Te aseguro sí es posible, Tomás -le interrumpió el hombre suavizando el tono de su voz-. Yo puedo hacer que lo sea. Piénsalo bien: tendrías la oportunidad enmendar tus errores y recuperar los momentos que dejaste escapar de tu vida–paladeó de nuevo y se humedeció sus labios, tremendamente delgados, casi inexistentes, con una lengua parduzca-, recuperar tu autoestima y el amor que perdiste. Piénsalo.

El volumen del tic-tac de los relojes ascendió de nuevo hasta hacerse casi insoportable. El hombre de la capa alzó ambas manos hacia el techo, y el sonido se aplacó de inmediato.

-Ya pero…-Tomás apenas podía articular palabra- ¿Qué tendría que hacer a cambio… a cambio de ese tiempo?

-Es muy sencillo: yo te devuelvo ese tiempo, el que necesitas para encauzar tu vida, y tú me entregas el que te reste, una vez que lo hayas logrado.

-¿Quiere decir que tendría que sacrificar el resto de mi vida, una vez que volviera a ser feliz?

El individuo se impacientaba. Aquella conversación estaba durando demasiado.

-¿Acaso prefieres continuar con tu triste existencia? ¿En la soledad más absoluta? ¿Vistiendo esos harapos? -preguntó con desprecio alzando la ceja izquierda.

Tomás se sorprendió a sí mismo sopesando el precio de aquel extraño trato, pero permaneció en silencio, incapaz de tomar una decisión.

-Bien -zanjó el hombre de la capa- Veo que en realidad no te interesa la oferta así que será mejor que nos despidamos.

Se dio media vuelta y abrió de nuevo la cortina de la trastienda.

-¡Espere! ¡Espere, por favor! -exclamó Tomás.

El hombre quedó quieto unos instantes y después se volvió muy despacio. Una desdentada sonrisa desencajaba las facciones de su rostro.

-Creo…que podría aceptar el trato. Yo… deseo más que nada volver atrás. Necesito hacerlo… Necesito volver a la vida que llevaba hace dos años.

-Bien, muy bien -se inclinó, sin dejar de sonreír y extrajo una cajita de madera rectangular de color caoba de debajo del mostrador, y se la tendió a Tomás.

-Cuando abras esta caja, habrás logrado tu deseo, pero recuerda: cuando llegue el momento, habrás de regresar a mi bazar para cumplir con tu parte del trato.

Acto seguido, desapareció tras las cortinillas.

Tomás salió del Bazar del Tiempo como si estuviera en trance, con la cajita en las manos, sin poder apartar su mirada de ella. Las primeras luces de día lamían los tejados de la ciudad en aquel amanecer invernal. Se detuvo en la esquina más próxima y abrió lentamente la caja. Sintió como si una intensa corriente le recorriera la espalda y se le saliera por la boca.

-Buenos días, Señor San Juan -le saludó el sereno amablemente, inclinando con respeto la cabeza, mientras emprendía camino de regreso a casa tras de finalizar su jornada.

Tomás no pudo contestar. El asombro le había enmudecido. Se contempló a sí mismo: su abrigo, ajado y sucio había desaparecido, y volvía a vestir, como hace años, traje de corte italiano, chaleco, y relucientes zapatos de piel. Se palpó el rostro, perfectamente afeitado, y miró a su alrededor, asombrado; sin saber cómo, había llegado a su antiguo barrio de elegantes edificios, en la calle más comercial de la ciudad.

A partir de entonces, los días que se sucedieron fueron mágicos. Su vida arrancaba de nuevo, en el punto de felicidad exacto, casi tres años antes de haberlo perdido todo, antes de hundirse en el fango y de permitir que el amor y el respeto de aquellos a quienes más amaba se le escapara de las manos. Se apartó de los negocios turbios, de las apuestas arriesgadas, de las dudosas inversiones y se halló de nuevo a sí mismo, sumergido en un tiempo dulce y prometedor, cargado de proyectos e ilusiones, cuando aún era feliz junto a Paula, embarazada ya de la pequeña Ana.

Efectivamente, el tiempo se hizo su aliado y Tomás puso de su parte hasta el último soplido de su renovado empeño, centrándose sólo en ella, en su Paula, para no volver a decepcionarla, a fallarla, ni a dejarla sola. Poco a poco fue logrando conducir su vida por el camino que debió haber tomado en aquella primera oportunidad que ahora parecía tan lejana.

Una tarde paseaba junto a Paula por la calle peatonal que atravesaba el corazón de la ciudad. El sol primaveral había bendecido ya a los almendros que adornaban las aceras y apremiaba a los pájaros a envolver el aire cálido con alegres trinos. Su esposa se detuvo un momento frente al escaparate de un local en obras.

-Fíjate, Tomás. Parece que van a poner un nuevo negocio en la antigua mercería de Doña Clarita. ¿Qué será?

Se acercaron al escaparate haciendo sombra con las manos para poder ver el interior. El local parecía estar vacío aún, y sólo se adivinaba, en un rincón, el perfil de un mostrador de color caoba y madera labrada. De pronto, Tomás se apartó bruscamente tirando hacia atrás de su esposa.

-Vámonos. No se ve nada.

-Pero… ¿qué te ocurre, Tomás? Estás pálido.

Preocupada, Paula le miró a los ojos y le acarició el rostro con ambas manos.

-Nada mi vida, no es nada. ¿Qué va a pasarme? -Tomás la atrajo hacia sí suavemente y la besó en los labios, dejando que los dedos se le enredaran en su melena castaña de terciopelo-. Anda, vamos; crucemos a la otra acera, que está más soleada.

Cruzaron juntos la calle, amarrados por la cintura, y unos metros más adelante, desde el otro lado, Tomás no pudo resistir la tentación y volvió la cabeza; allí estaba, detrás del escaparate, aquella sonrisa desdentada que jamás había conseguido olvidar, y aquellos ojos vacíos, sin alma, contemplándole fijamente, mientras un coro ensordecedor de “tic-tacs” estallaba en el interior su cabeza.

miércoles, 8 de abril de 2009

DOS DESCONOCIDAS

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Se preguntó, cuánto tiempo tardarían sus dedos en gozar nuevamente de sensibilidad y firmeza suficientes como para escribir con claridad su nombre en un miserable papel; se preguntó si podría volver a acariciar un rostro o a estrechar una mano; a peinarse sin ayuda o a coger una copa sin derramar su contenido púrpura sobre la alfombra. Contempló ensimismada aquellas manos nuevas, aún dos extrañas, y se estremeció con la nitidez del recuerdo: lluvia, un tramo de curvas, su moto de alta cilindrada y aquel guarda raíl metálico.

viernes, 3 de abril de 2009

MARINA


Marina se desgañita el alma pensando. Algo ha de haber en su interior que logre sacarla del gris de sus días, idénticos, en el matadero de aves. Desesperada, busca talentos ocultos en lo más profundo de sí misma. Recuerda a su profesora de sexto, la señorita Amelia, alabando su buen hacer con las acuarelas sobre el lienzo; pero Marina, hace tiempo que no pinta. Recuerda la vez en la que ganó un certamen de escritura en su colegio con un cuento de misterio escrito con su destartalada Olivetti; pero Marina ya no escribe. Se le viene a la cabeza el orgullo reflejado en la sonrisa de sus padres, en la grada, el día en que recibió aquella medalla de plata en las competiciones de natación del barrio; pero Marina hace tiempo que no nada. Y mientras ensarta inertes cuerpos de pollo en las afiladas lanzas, imagina los cuadros que nunca pintó, las novelas que nunca empezó y las olimpiadas en las que no llegó a participar; y se pregunta si el fluir de la vida se llevó sus antiguos talentos, o si fueron aquellos talentos los que sin saber cómo, fluyeron y terminaron arrastrándola a esta vida de pollos, plumas y sangre.