El cementerio, de madrugada, se me antoja un espacio acogedor y amable. Me cuelo por un hueco que localicé hace tiempo entre los barrotes oxidados de la parte trasera de la valla. Una vez en su interior me empapo del aroma que allí se respira a velas recién apagadas, a incienso humeante; perfume dulzón de flores secas. Camino despacio entre las tumbas y evito pisar alguna lápida para no importunar a quienes debajo descansan y hoy no desean compartir conmigo este plácido paseo. El ulular de los búhos me envuelve, ocultos entre ramas de árboles inmensos que crujen con suavidad dándome la bienvenida. Al final, me detengo en la explanada, frente al gran panteón del centro, extiendo anhelante los brazos y cierro los ojos para permitir que la brisa fresca acaricie, mimosa, la fina piel de mis párpados. Dejo que manos suaves e invisibles resbalen por mi rostro y se enreden en mi pelo. Permito que sombras bailarinas rodeen mi cintura y me hagan girar y girar en una danza hermosa, lánguida y eterna. El bajo de mi camisón de lino acaricia la hojarasca, que cosquillea mis pies con una melodía quebradiza e hipnótica. Y la luna; la luna baña mi piel, roza mis labios entreabiertos e inyecta vida en ese lugar profundo de mí misma que durante el día permanece aletargado, insensible, siempre a oscuras… Cuando empieza a despertar el alba emprendo el camino de vuelta. No siento pesar, sólo el ansia resignada de que el tiempo pase, corra, vuele y me regale, veloz, una madrugada nueva. Ya en casa, me deslizo sigilosa en nuestra cama, inmensa y fría, y trato de dejar mi mente en blanco para no pensar que aquí, a tu lado, es donde me siento tan sola, tan invisible y tan muerta.
Y la ganadora de cinco palabras y una flor es ...
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Y la ganadora es . . .
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15 Aire ...
La providencia hizo que mis sueños de renunciar a mi condición de torturada
humana, me transformara en cachor...
Hace 7 horas



“Fresca, brillante,antihistamínica…”. Así tratabas de colocarme aquella pócima viscosa, encerrada en pequeños botellines de cristal anaranjado. Llevabas puesto tu mejor traje y también tu mejor sonrisa; aquélla de embaucador experto, envuelta en el aroma dulzón de tu perfume de siempre. Ascendía por mi nariz, contoneándose, hasta alcanzar mi pituitaria, estimular las ramificaciones de mis nervios adormecidos y nublarme del todo la vista.
